Por Jorge Estrella
Para LA GACETA - Tucumán

Hace muchos años un joven ansioso por escribir y ser leído me preguntó "¿Cómo hago para escribir un cuento como los de Borges?" Le dije que no sabía. Quizás las líneas que siguen lo ayuden -si aún persiste en su inoportuno entusiasmo- a tener claro lo que no debe hacerse al ensayar un escrito.
Hoy tengo en mis manos El libro de arena, publicado por Jorge Luis Borges en 1975 (reeditado este año por Contemporánea, Buenos Aires). Lo he leído sintiendo la extrañeza ante la persistencia del placer que esta prosa suya me provoca. ¿Por qué ocurre eso?
Tampoco intentaré responder esta pregunta, pues ella encierra el enigma general de por qué el arte nos conmueve. Me dejo tentar, en cambio, por señalar algunos elementos de la prosa borgeana que son claramente blanco de mi atención de lector.
En estas mismas páginas se publicó tiempo atrás (Alina Diaconú, Borges habla de Cortázar, Cortázar habla de Borges, 3/4/2011) una opinión de Cortázar sobre Borges: "Lo primero que me sorprendió fue una impresión de sequedad. Yo me preguntaba: ¿Qué pasa aquí? Esto está admirablemente dicho, pero parecería que más que una adición de cosas se trata de una continua sustracción. Y, efectivamente, me di cuenta de que Borges, si podía no poner ningún adjetivo y al mismo tiempo calificar lo que quería, lo iba a hacer. O, en todo caso, iba a poner un adjetivo, el único, pero no iba a caer en ese tipo de enumeración que lleva fácilmente al floripondio".
"La gran lección de Borges -continúa Cortázar- no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba. Cayendo después en cierto exceso que era el de poner un único adjetivo de tal manera que usted se caiga un poco de espaldas. Lo que a veces, puede ser un defecto", sentencia, en un reportaje reproducido por la revista La Maga, en 1994.

Resplandor metafísico
La observación de Cortázar da en el blanco (aunque si Borges la hubiese referido, le sobraría un par de líneas para hacerlo). Pero la brevedad, claro está, no viene sola: la afianza una certera e imprevista precisión. Nótesela, por ejemplo, en esta sencilla descripción del mago que llega a una costa en su barcaza, dispuesto a crear un hijo espiritual: "Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche" (Las ruinas circulares). El adjetivo unánime se emplea habitualmente para aludir a asambleas, votaciones y otros ritos colectivos donde hay pleno acuerdo. Borges desfonda esa alusión y nos pone frente a la noche plena de un modo inesperado. Nótesela en esta otra caracterización de alguien que trama un crimen y que, antes de cometerlo, ha resuelto aislarse durante meses para evitar que la culpa recaiga sobre sus conocidos: "Ávido lector de periódicos, le costó renunciar a esos museos de minucias efímeras" (El libro de arena).
Tampoco esta puntería abreviada explica el disfrute que la lectura de sus relatos o ensayos proporciona. Además, Borges traslada esa virtud a la organización en cada uno de sus escritos. Esto es, sus ensayos, relatos y poemas  muestran el mismo sorpresivo ensamble de sus tramos para rematar en un sentido que tiene siempre algo de inaugural.
Y como si ello no bastara, Borges emplea ambos recursos para construir un mundo donde las tramas humanas se entretejen no sólo desde el acontecer argumental sino también del argumentar filosófico. Renacen en su prosa, así, los enigmas del tiempo, la muerte, los juegos del hombre, el humor, el conocimiento. Escueto, ese mundo roza, sin embargo, la  universalidad pues casi no hay asunto decisivo de nuestras vidas que escape al resplandor  metafísico que Borges supo dar a su prosa y a sus versos.
Desde la arena de las letras crecen los idiomas por destreza de los hombres. Armar con ellas palabras y unirlas para anudar frases que enlacen eficazmente lo real, es virtud de muy pocos. Borges supo hacerlo.
Releo estas cortas reflexiones no sin advertir que de muy poco servirán para aclarar la enormidad de la obra de Borges. Me aclaran a mí, sin embargo, lo mucho que mi generación le debe cada vez que eligió recorrer el camino de escritor.
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Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de
Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile